Los herederos

Carlos Peña escribió el domingo 28 en el cuerpo de reportajes del Perjurio, perdón del Mercurio, una columna notable sobre los resultados de la PSU (Prueba de selección Universitaria). La comparto aquí con ustedes.

Los resultados de la PSU dieron ocasión para que, por enésima vez, todos pusieran el grito en el cielo. Las causas de la abismante desigualdad (cuatro de diez estudiantes de escuelas municipalizadas no alcanzaron el mínimo) fueron rápidamente identificadas: el estatuto docente, los profesores, la gestión escolar, la LOCE, la educación municipal, la lenidad administrativa, la propia PSU. Cosas así.Pero ninguno de esos factores es el culpable definitivo.El año 1964, Pierre Bourdieu -uno de esos sociólogos que ya no se dan- publicó, junto a Jean Claude Passeron, un librito que llevaba por título "Los herederos".

A pesar de su apariencia inofensiva, el texto causó polémica. La función principal del sistema escolar, argüía el texto, era la de reproducir las divisiones sociales en vez de contribuir a remediarlas. Allí donde los franceses creían que la escuela era el lugar de la meritocracia, el sitio donde los ideales republicanos encontraban realización, Bourdieu y Passeron, con una amplia prueba empírica, sugerían lo contrario: la escuela eliminaba a los socialmente desfavorecidos y premiaba a los de mejor origen. Las diferencias de rendimiento escolar -concluían los autores- eran diferencias de clase. No muy lejos, y en 1973, Basil Bernstein -un sociólogo de origen judío, graduado en lingüística- investigó por qué a los hijos de la clase trabajadora inglesa les iba consistentemente mal en las pruebas estandarizadas. ¿Acaso estaban menos dotados que las clases medias y altas? No, dijo Berstein, lo que ocurre es que, como consecuencia de la división del trabajo, poseen un código lingüístico más restringido.

Las pruebas estandarizadas -concluía Berstein- reflejaban diferentes posiciones en la estructura social. El año 2004, el informe de la OECD constató en los países europeos severas diferencias de rendimiento entre los centros educativos. ¿A qué se debían? Más de la mitad de esas diferencias, concluía el informe, se explicaban por el entorno socioeconómico. Las investigaciones de Bourdieu, Berstein y la OECD se ven corroboradas por enésima vez en Chile. Los resultados de la última PSU -como antes las pruebas PAA, Simce o PISA- muestran que existe una estrecha relación entre origen socioeconómico y rendimiento.

En otras palabras, el origen social, sobre todo entre nosotros, es más predictivo del rendimiento que el esfuerzo personal. La conclusión es bastante obvia: la escuela y las pruebas estandarizadas expresan diferencias sociales. La brecha entre colegios públicos y privados es en verdad una brecha de clases. ¿Qué lecciones sacar de todo eso? La más evidente de todas es que no siempre es correcto asignar los cupos más selectivos del sistema universitario atendiendo solamente a la PSU. Como la PSU refleja diferencias sociales, echar mano exclusivamente a ella para asignar los lugares más escasos (esos que conferirán los lugares más altos de la escala invisible del prestigio y del poder) equivale simplemente a reproducir las élites actualmente existentes. Se suma a lo anterior que los problemas que hoy experimenta el sistema escolar no se deben a que haya empeorado. El de antes era peor. Lo que ocurre es que ayer la desigualdad social se expresaba como exclusión (para el año 1973, menos del cincuenta por ciento de los jóvenes lograba matricularse en un liceo) y hoy (cuando todos los niños y niñas están en una sala de clases) se expresa en los resultados del aprendizaje. Para curar esa desigualdad se saca poco con apelar a la familia, como suele hacerlo la retórica educacional al uso. Como la familia es una de las principales transmisoras de capital cultural, ella es también una fuente de desigualdad. A veces la familia es, por decirlo así, el problema y no la solución. Los datos que arroja la última PSU, como antes la PAA, nos ayudan, además, a curarnos de la ilusión meritocrática y nos recuerdan los ocultos mecanismos de la distribución del poder y el prestigio. En el promedio, los que resultan más favorecidos en las pruebas (y que en el futuro serán parte de las élites) se han beneficiado de circunstancias que no se deben a su desempeño o su voluntad. En algún sentido los triunfadores de la PSU tienen tanto de qué enorgullecerse como cualquier heredero: no de mucho. En fin, la evidencia disponible ayuda a evitar la ingenuidad entusiasta que por estos días cunde. Hoy día pareciéramos creer que con un poco de buena voluntad, algo de recursos y management los problemas de la educación se disiparán. Esta manera de apreciar el problema olvida que la educación, por su propia índole, tiende a reproducir las posiciones sociales previas y que, por lo mismo, no es el punto de partida de la desigualdad, sino, las más de las veces, su punto de llegada. Nada de eso significa, por supuesto, que debamos cruzarnos de brazos y no hacer nada. Hay que hacerlo, por supuesto. Formar mejor los profesores, evaluar las prácticas educativas, diferenciar recursos. Pero -malas noticias- lo que hay que hacer no se relaciona sólo con la escuela.

Referencia

El Mercurio.com

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